El cine de Lilia Prado
El cine mexicano no sólo inmortalizó a sus heroínas nobles y sufridas, al lado de éstas, en esa vorágine de imágenes y argumentos, las mujeres hermosas, voluptuosas y dueñas de una gran carga de sensualidad, se adueñaron de la pantalla, bajo la personalidad de una María Félix, una Katy Jurado, una Leticia Palma, o una Ninón Sevilla. No obstante, una de las actrices con mayor potencial erótico y dramático que cambiaron los rumbos de nuestro cine fue, sin duda, la siempre inquietante Lilia Prado.
La chaparrita de piernas extremadamente bellas y cuerpo suculento que se adivinaba bajo sus ceñidos suéteres o faldas pegadas al cuerpo, se convirtió muy pronto en una suerte de LolitaMex, debido a su perfecta mezcla de ingenuidad y lascivia que mostró en cada uno de sus personajes, ya sea desde sus inicios en la segunda mitad de los años 40, e incluso al final de su carrera fílmica. La leyenda de Lilia Prado arranca justo cuando gana el concurso de belleza: “Las piernas más bonitas”. Eso ocurría hacia 1946. Así es como la joven de 17 años nacida en Sahuayo, Michoacán, tuvo la oportunidad de debutar en La barca de oro (1947) al lado de Pedro Infante.
Chatita de ojos claros, labios carnosos y sensuales, Lilia Prado estuvo a la altura de sus co protagonistas masculinos como: Pedro Infante, Antonio Badú, Germán Valdés Tin Tan, Adalberto Martínez Resortes, Luis Aguilar o Arturo de Córdova. En sus inicios, además de participar en Tarzán y las sirenas (Tarzan and the mermaids) protagonizada por el gran Johnny Weissmuller. Tiene sus primeros momentos memorables en el Salón Smyrna en Confidencias de un ruletero (1949) de Alejandro Galindo. En 1950 se luce en El gavilán pollero con Infante y Badú, del debutante Rogelio A. González, guionista de Ismael Rodríguez, que la dirige en Las mujeres de mi general, entretenida cinta revolucionaria, con los desplantes machistas y cancioneros de Infante, indeciso entre la brava soldadera que interpretaba Lilia y la coqueta vampiresa a cargo de la Chula Prieto.
Para 1951, Luis Buñuel la aprovecha al máximo en Subida al cielo, una historia que plantea una reelaboración del tema de Adán y Eva y el paraíso, en un relato de gran fuerza erótica, como la bella escena onírica de la manzana y sobre todo la imagen clásica de Lilia Prado bajando del camión y mostrando sus hermosas piernas. Lo mismo sucede con La ilusión viaja en tranvía, relato donde lo cotidiano se vuelve insólito. En 1952, al lado de Resortes, es una vendedora de cigarros de un teatro en Rumba caliente y en Cuarto de hotel, Lilia se trastocaba en el mayor objeto sexual del cine mexicano, en su papel de pueblerina inocente que llegaba a la capital junto con su marido Roberto Cañedo a un cuartucho donde era sometida a varias bajezas e intentos de violación.
En Talpa fue el punto de discordia entre dos hermanos, según ésta versión de un relato de Juan Rulfo. En 1957, es reunida con Germán Valdés Tin Tan en la comedia El que con niños se acuesta y mostraba elegancia y una serena belleza en A media luz los tres, al lado de Arturo de Córdova. Un año después, protagoniza Kermesse: una suerte de folclórica versión nacional de Picnic (1955) con William Holden y Kim Novak y en Pueblito (1961) de Emilio Fernández, interpreta a la joven esposa del maduro y terco cacique y criador de marranos (Fernando Soler), que se niega a la construcción de una escuela rural, para dar el salto a la sensual comedia negra Los cuervos están de luto (1965) de Francisco del Villar. En los 70, además de su participación encintas como El medio pelo, el corto El náufrago de la calle Providencia, La India, el episodio Esperanza de Fe, esperanza y caridad, o El rincón de las vírgenes, Lilia obtenía la Diosa de Plata, que junto con su Ariel de Oro en 1999, dan fe de la carrera de una de las mujeres más hermosas, atractivas y sugerentes de ese cine nacional que apostó por la sensualidad en la mejor etapa de su vida.
RAFAEL AVIÑA
Narrador, guionista, crítico e investigador de cine
Lilia Prado: el símbolo sexual del cine mexicano
A la muy querida Lilia Prado (Huetamo, Michoacán, 1929 - Ciudad de México, 2006) siempre se le llamó “La Michoacana Lilia Prado”, es decir, en el imaginario colectivo mexicano jamás se desvinculóa esta inquietantemujer de sus orígenes: la geografía michoacana tan bella como sus mujeres. Lilia Prado, chaparrita de perfecta anatomía, bellos senos, bellas piernas y, sobre todo, prodigiosas caderas (respetada figura fílmica que irradia inquietante sexualidad), inició su carrera, que abarca varias décadas y suma 97 películas en el cine mexicano, en 1947.
La cámara, detrás de la cual estaban nuestros más grandes cinefotógrafos, la retrató siempre con placer. Si trastocamos los versos de Sor Juana Inés de la Cruz, podríamos decir que “la tocó con la mirada” y, vicariamente, a través de ella, la acariciaron con exorbitado deseo todos los mexicanos. Las tomas cinematográficas de la versátil actriz Lilia Prado son un mito en nuestra cultura fílmica, que incluso trascendió al campo de la literatura, pues el poeta Efraín Huerta, enfebrecido por esa parte de su anatomía, escribió varios poemas alabando las caderas de Lilia Prado. Por otro lado, con su erotismo casto (y por ello perverso), Luis Buñuel dejó plasmado en nuestro cine fotogramas fundamentales de la voluptuosidad de Lilia Prado en Subida al cielo (1951) y La ilusión viaja en tranvía (1953). En ellas la cámara prácticamente la acaricia, que es lo que todos los espectadores hacen al mirarla.
En nuestro cine es la respetada Lilia Prado una chica ingenua que se muestra inocentemente en plenitud. “En Europa me pusieron el mote de La Ingenua Perversa”, me dijo Lilia alguna vez. Le contesté: “los perversos son los espectadores pero, ingenuamente, tú los provocas”.
DAVID RAMÓN