Asimismo, la carrera de Ruiz tiene muchas ramas. Están las películas lujosas con grandes estrellas como Mastroianni, Deneuve o Malkovich; las películas pequeñas hechas para públicos reducidos en cursos de cine o para patrones al viejo estilo; los trabajos para televisión, los subproductos de su trabajo teatral, los extraños documentales o ensayos, las piezas que prueban una teoría y las poco usuales películas de terror, fantasías de niños o thrillers detectivescos…
Durante mucho tiempo, los comentadores señalaron una perspectiva bi-cultural de la carrera de Ruiz, formado en la intersección y en la deriva entre la tradición europea y la tradición latinoamericana. Desde finales de los años 80, Ruiz fue ampliando rápidamente su mapa de influencia e investigación. A partir del contacto con colaboradores eruditos y creativos, se sintió especialmente atraído por las tradiciones de Asia y el mundo árabe.
Más aún, Ruiz y sus personajes son huérfanos de padre de un modo distinto pero igualmente apremiante. En su díscolo universo, la identidad personal está siempre en continua mudanza. Su variada cuadrilla de héroes y heroínas se encuentra en una interminable búsqueda del hogar, del ser, de algún punto de descanso. El problema reside en que, en realidad, ninguna de esas encantadoras y anticuadas entidades parece existir.
Sin embargo, si hay algún territorio que puede ser habitado provechosamente es ese espacio cambiante y parcialmente fantasmagórico formado en la intersección de escenarios, historias e identidades. Si Ruiz se encontró a finales de los setenta a la cabeza del retorno a la ficción en el cine narrativo experimental, fue gracias a su desvergonzado deleite en hilar historias, conjurar mundos imaginarios y jugar como un niño con sus ladrillos.
Ruiz es uno de los más grandes narradores del cine moderno; no de una historia a la vez, sino de muchas que se superponen repentinamente desplazándose unas a otras. Se siente atraído por lugares físicos donde las historias ocurren en todos lados, como en un ciclo perpetuo. Y esos múltiples personajes pueden fácilmente saltar o ser desviados de una historia a otra, de un mundo a otro. Pero tal vez, a fin de cuentas, no sea la historia lo que realmente interesa a Ruiz, al menos no de un modo tradicional. El relato no es más que un pretexto o una excusa para él, un disparador de derivas y digresiones, una manera de cruzar un puente a otro reino.
Algunas películas de Ruiz recuerdan al cine clase B de antaño: películas fantásticas, de piratas o de terror barato y decadente, como las que el director solía ver de niño en Chile. Ruiz ama el artificio obvio. Hasta fines de los ochenta, sus películas usaban efectos especiales baratos, propios de los inicios del cine. En los últimos años comenzó a explorar las posibilidades de la tecnología digital. Sus películas alternan hoy entre producciones pulidas, medianamente bien financiadas como El tiempo recobrado, y producciones más espontáneas e informales como su serie Cofralandes, rapsodia chilena. Pero en todos los casos, sigue primando el artificio, nunca el realismo. Recientemente ha declarado: “Soy el único cineasta en Francia—con excepción de Alain Robbe-Grillet— que es antibaziniano”.
Ruiz acentúa la extrañeza de las tomas, el montaje y la transición entre escenas. Su trabajo está dedicado a los misterios —y milagros— del cine en tanto lenguaje multiforme y balbuceante. “Si uno toma dos imágenes y las une sobreimprimiéndolas, un artificio bastante simple, el espectador se encuentra en dos lugares a la vez: una imposibilidad lógica.” Mediante esas conexiones entre tomas, personajes y eventos, explora una particular metafísica del cine. Es, sin duda, un creador sumamente filosófico; pero por lo general su intelectualismo es, como él mismo ha confesado, “por deporte y divertido”. Si Ruiz intenta crear un enigma, una ilustración didáctica de ideas abstractas, persigue ese enigma mediante la intrincada y material alquimia de imágenes, sonidos, atmósferas y gestas. Esa traducción de lo racional a lo sensorial siempre acaba en una alegre traición a la intención original, una vertiginosa transformación de lo dado y una apertura a la puerta de lo desconocido, de lo aún no pensado o sentido.
Ruiz es el poeta laureado del exceso cinematográfico. Muchos elementos de sus films parecen a la deriva, alucinados, surrealistas. Sueña con hacer una película en una sola toma donde todos los elementos se transformen completamente de principio a fin o, por el contrario, donde los personajes y la trama sean perfectamente consistentes, pero que la película “empiece en la época de Ivanhoe y termine como un western”. Y sin embargo, aunque la creatividad de Ruiz está guiada por un fuerte principio de placer, también hay algo un poco más casto y sobrio: una atenuación del tiempo dramático, una suspensión del significado, una determinación a veces inflexible por encontrar una línea poética unificadora en un film que en primera y última instancia no depende de personajes, destinos sentimentales y temas centrales…
Reflexionando sobre las insólitas leyes de perspectiva cinematográfica de Eisenstein que Ruiz adopta como perversos axiomas —la parte es mayor que el todo, el instante es más largo que el día—, Pascal Bonitzer intuyó la lógica profunda de la poética y la política del director. “Si la cosa más pequeña es más grande que la mayor, el orden del mundo se invierte. El sueño cinematográfico se convierte en una empresa subversiva, subversión propia del humor”. Y al tiempo que sus últimas películas nos evocan, simultáneamente, las formas actuales del terror global, una sensación íntima de mortalidad ascendente y las memorias enterradas del Chile terrible del que una vez huyó, volvemos a experimentar las bellas y regeneradoras paradojas de su cine, con su vértigo al borde del vacío, sus danzas de la muerte, su risa en la oscuridad.
Adrian Martin
Fuente: catálogo del Sexto Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires
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