14 · 01 · 26 Dos décadas de EL VIOLÍN en Morelia Compartir en twitter Compartir en facebook Compartir con correo Copiar al portapapeles Rafael Aviña 2004 fue uno de los momentos más álgidos del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC). Ese año, coincidían cuatro mediometrajes documentales de notable factura e inteligente realismo social y corte periodístico, géneros poco abordados por el CCC. Lo que quedó de Pancho, de Amir Galván, era el retrato de un criminal reincidente que iniciaba su proceso de liberación. Relatos desde el encierro, de Guadalupe Miranda, narraba la experiencia emocional de un grupo de reclusas en el interior de un penal en Jalisco. Trópico de cáncer, de Eugenio Polgovsky, era el seguimiento de una realidad desesperada: familias que sobrevivían de la cacería de animales en el desierto de San Luis Potosí. Y por último, Tierra caliente… se mueren los que la mueven, de Francisco Vargas Quevedo, narraba los incansables intentos del octogenario violinista don Ángel Tavira —carente de una mano—, por preservar la música de Tierra caliente. No se sabe con seguridad si fueron los testimonios valientes de aquellos hombres de la Sierra, el entusiasmo de su fabuloso protagonista, o tal vez que Vargas haya nacido en el mítico año de 1968. El hecho, es que, no sólo conectó con Tavira, sino con una realidad social imposible de ocultar y fue entonces que involucró al anciano en un corto que funcionaba como la base de lo que sería el largometraje El violín (2006), estrenado en la cuarta emisión del FICM en 2006 donde obtuvo el Premio del Público. El violín (2006, dir. Francisco Vargas) El violín, producida por Francisco Vargas, Ángeles Castro y Hugo Rodríguez, obtendría más de 30 premios internacionales y una larga permanencia en la cartelera francesa antes de su estreno en México. Se trataba de una obra de una contundencia dramática fuera de serie a pesar de su aparente sencillez. De manera inteligente, los sucesos que aquí se narran no tienen fecha, ni ubicación específica y el blanco y negro de la excepcional fotografía de Martín Boege y Óscar Hijuelos, así como la falta de referentes regionales, lograban crear una sensación atemporal y un espacio inubicable.Pudiera estar ambientada en 1968, los años setenta, 1994, aquel 2006 o un futuro cercano. Asimismo, pudiera ser Chiapas, Morelos, la sierra de Guerrero, Michoacán, Oaxaca, Ixtapaluca, o las faldas del Ajusco en la Ciudad de México. Es decir, Vargas describe la radiografía, la metáfora, o el futuro incierto de un país entero como el nuestro, en la historia de una rebelión popular que se gesta desde el silencio y la indignación y cuyas mayores armas no son las municiones, sino la esperanza, la solidaridad y el respeto a los ideales a pesar de los mayores horrores, en donde luchan por igual, hombres, mujeres, ancianos y niños.El filme abre con la que es quizá una de las más brutales escenas de nuestro cine; imágenes que provocan pánico e indignación por igual. Por desgracia, la secuencia no sólo es justa y está espléndida e inteligentemente ejecutada y filmada, sino que resulta de un realismo aterrador. Tal vez sin proponérselo, El violín se atrevía a mostrar la represión militar en toda su crudeza y conseguía documentar el espíritu de los hombres verdaderos, como la historia que el anciano violinista el músico Don Ángel Tavira, cuenta a su nieto, cuyo padre guerrillero (Gerardo Taracena) sigue en la lucha a pesar de desconocer el paradero de su mujer y de su hija.Más allá de su notable trabajo de actuación —esa plática entre Tavira y el capitán que encarna Dagoberto Gama, por ejemplo—, la puesta en escena y el espléndido montaje y diseño sonoro, la cinta de Francisco Vargas resultaba un caso insólito en nuestra cinematografía. Extrae poesía de las situaciones más tristes y crudas y se aleja de la conmiseración y el melodrama: El violín era un torrente de sutileza. Movía fibras íntimas, conmovía e incitaba a la reflexión. Aquí, el peor de los horrores puede soportarse si se tiene la belleza de las notas de un viejo violín y la inocente mirada de un niño que ha heredado la música, una responsabilidad social y el llamado de la justicia. El violín, un clásico moderno de nuestra cinematografía, está más vigente que nunca.Un breve apunte final: imposible olvidar la sincera emoción de Guillermo del Toro sentado en el asiento contiguo al mío al término de la proyección en aquel 4º FICM.