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El fantástico a la mexicana en los años cincuenta y sesenta

El tema de la ciencia fue abordado en Neutrón el enmascarado negro con Wolf Ruvinskis y Julio Alemán, enfrentados al Doctor Caronte (Armando Silvestre) seguidas de Los autómatas de la muerte y Neutrón contra el Dr. Caronte, todas dirigidas por Federico Curiel en 1960. Filmes que mostraban de manera pueril y superficial las preocupaciones nucleares. El villano Caronte experto en ciencia atómica y al frente de un grupo de sabios y científicos, intentaba apoderarse del mundo y concebía una poderosa bomba.

Neutron contra el Doctor Caronte (1963, dir. Federico Curiel)

Por su parte, Santo contra la invasión de los marcianos (1966, dir. Alfredo B. Crevenna) era sin duda una antología de la más insólita oligofrenia fílmica nacional. A ritmo del "rock del timbal" interpretado por el Quinteto Maravilla, la cinta proponía la llegada de extraterrestres a la Magdalena Mixhuca en platos de cocina, en una secuencia inimaginable incluso para el propio Ed Wood. Aquí, los marcianos invasores no llegaban bailando el cha-cha-cha como lo hicieron al lado de Resortes en Los platillos voladores (1955), sino para experimentar con los humanos apoyándose en atractivas alienígenas como Maura Monti y Eva Norvind.

Y, en Santo contra Blue Demon en la Atlántida (1969, dir. Julián Soler) el resultado era de una hilarante torpeza. El Santo, agente secreto y luchador, viaja a la Atlántida para rescatar a Blue Demon quien se encuentra en estado de trance dominado por un loco con más de cien años que amenaza con destruir a la Tierra. 

Santo contra Blue Demon en la Atlántida (1969, dir. Julián Soler)

Junto al cine de luchadores, casi todos los cómicos activos en esos años recurrirían a ese híbrido entre el humor y el fantástico. Por ejemplo, en El bello durmiente (1952, dir. Gilberto Martínez Solares), Germán Valdés “Tin Tan” le canta a Lilia del Valle en la prehistoria el tema “Cavermango” que habla de su hogar en el futuro: “Será caverna moderna con luz y gas. Con calefacción interna por delante y por detrás. Tendrá su reloj moderno que nos diga que horas son. Tendrá tocadiscos, radio y también televisión...”, después, dormirá varios siglos y despertará en época actual.

Marco Antonio Campos “Viruta” y Gaspar Henaine “Capulina” protagonizarían su propia aventura intergaláctica titulada Los astronautas (1960, dir. Miguel Zacarías). No obstante, bajo las órdenes del versátil Rogelio A. González, Antonio Espino Clavillazo acompañado de la recién fallecida Ana Luisa Peluffo, se convertirá en El conquistador de la luna (1960): "No son marcianos, son méndigos", clamaba el comediante; sin embargo, la mejor escena era aquella en la que el locutor Ramiro Gamboa “Tío Gamboín” narraba el fin del mundo por televisión. Algo similar sucedía con Eulalio González “Piporro” en La nave de los monstruos (1959), del mismo realizador, más las bellezas de: Ana Berta Lepe y Lorena Velázquez, según los delirantes argumentos de José María Fernández Unsaín.

La nave de los monstruos (1959, dir. Rogelio A. González)

Más extraordinaria aún, no tanto por su hechura sino por lo descabellado de su argumento, destaca la presencia del cantante Javier Solís metido a actor y entonando boleros rancheros en las entrañas del planeta en Aventura al centro de la tierra (1964), de Crevenna, acompañado de otras figuras como Kitty de Hoyos, José Elías Moreno, Columba Domínguez y David Reynoso. Ahí, se enfrentan a unos monstruos prehistóricos y otras criaturas de plástico en las grutas de Cacahuamilpa, Guerrero.

Algo similar sucedía en El monstruo de los volcanes y El terrible gigante de las nieves —ambas de Jaime Salvador, 1962— en ellas aparecía una suerte de Yeti a la mexicana arropado con peluche albino quien corría el riesgo de derretirse con los escotes de Ana Bertha Lepe. Antes, Ismael Rodríguez codirigió con el estadunidense Edward Nassour El monstruo de la montaña hueca (1954), escrita por Willis O’Brien, el guionista de King Kong. Aquí, una suerte de bestia prehistórica arrasaba con el ganado de una región.

Para la ciencia ficción mexicana de ese momento no existía más límite que lo delirante. Su mundo era el de los científicos comprensibles como Andrés Soler y de las alienígenas sensuales de entallados trajes que dejaban ver sus sinuosos cuerpos como sucede en Gigantes planetarios y El planeta de las mujeres invasoras, ambas del citado Crevenna de 1965. En el fantástico mexicano de aquellos años sus invasores extraterrestres no sólo hablaban castellano con acento madrileño, sino que vestían atuendos greco-romanos o escafandras de buzo y sus seres monstruosos eran clara muestra del más risible cine Serie Z en las décadas de los cincuenta y sesenta.