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Ser mexicano sin estar en México: Entrevista con Francisco Ohem sobre LOS MARIACHIS PERDIDOS

¿Qué significa ser mexicano y cómo puede una cultura convertirse en un refugio para quienes viven al otro lado del mundo? En Los mariachis perdidos, el cineasta Francisco Ohem emprende un viaje por los Balcanes para descubrir la fascinante historia de una comunidad que encontró en la música mexicana una forma de expresión, identidad y consuelo. 

A través de una película que entrelaza memoria, nostalgia y ficción, el director explora los vínculos culturales entre México y la antigua Yugoslavia, demostrando que el cine y la música pueden trascender fronteras, idiomas e incluso países que han dejado de existir. En esta entrevista para el 24° Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), Francisco Ohem nos comparte el origen de este proyecto documental, las coincidencias históricas y culturales que encontró durante su recorrido y los desafíos de construir una narrativa capaz de conectar con públicos de contextos tan distintos. 

Una conversación sobre la identidad, el poder de la cultura y la capacidad del cine para encontrar historias extraordinarias en los lugares más inesperados. 

FICM: En algún momento del documental el narrador, Vojislav Brajovic, menciona que es una película sobre México sin México. ¿Pero, es realmente Los mariachis perdidos sobre México? ¿Qué expresión cultural descubriste en la búsqueda de estos mariachis?  

Francisco Ohem: ¡Qué buena pregunta!. Todo esto va en una búsqueda. Es una una road movie, una película de un viaje y de una búsqueda. Llegar a la voz de nuestro narrador, interpretado por ese gran actor, que además, es un actor muy de la época de Yugoslavia, muy famoso y muy reconocido por toda la gente que vivió esa época en Yugoslavia. Llegar a su voz fue como la culminación de una película que a veces me hacía preguntarme: ¿es una película mexicana?, ¿es una película Yugoslava?, ¿es una película que es un viaje en busca de encontrar un espejo para mirar un México imaginario que a la vez nos revele algo sobre lo que es ser mexicanos?, ¿o es una película que realmente es una fábula sobre Yugoslavia y cómo Yugoslavia, es este estado multiétnico que de pronto tuvo un pequeño momento de unión en el que todos dijeron: “Bueno, para no pelearnos, ahora somos todos mexicanos”? 

Toda esa búsqueda la fui exorcizando escribiendo esta voz, que representaba a los jóvenes que les hubiera tocado ver esta película perdida del Indio Fernández, que allá fue el fenómeno que lo inició todo. Habrían crecido escuchando esta música, imaginándose México y, como toda la gente de esa generación, sin haber venido nunca a México ni hablar español. Sí es una película sobre México sin México. Yo creo que es una película sobre México y que México está ahí. México está en los sentimientos de esta gente, en la película del Indio Fernández, pero también está destilado a la propia interpretación fantástica que se tiene allá. 

A la vez, creo que nos habla al final de: ¿qué es México?, ¿qué es ser mexicano? Son construcciones que van cambiando, que cada quien hacemos y que muchas veces tienen un fin político. Si a alguien le importa ponerle parámetros a las cosas, es al Estado, al orden político que, como proyecto, busca definir las cosas muy cuadradas y decir solo esto cabe dentro de ser mexicano. Pero al revés, ser mexicano es una fluctuante, cambiante y valiosísima. Entonces, ¿por qué no puede haber mexicanos yugoslavos? Ya lo dijo Chavela Vargas con su famosa frase, que no hay que citar. 

Fue una película que para mí empezó hace mucho, empezó en internet. Yo esta película la descubrí en un internet muy distinto, uno del que me siento muy afortunado de haber podido participar: el internet antes del algoritmo, antes de las compañías de tecnología, de estas porquerías de Facebook y Google. 

Era cuando el Internet era una serie de raros conectándonos para hablar de nuestras obsesiones y compartir cosas raras. Yo coleccionaba música y alguien me compartió un disco de Ljubomir Milic y Cuarteto Paloma (Kvartet Paloma). Me volvió loco cuando escuché la música y vi que este charro de ojos azules que cantaba en un idioma que ni tenía idea de que era su música. 

Yo decía: “esto es una música de cantina y este cuate me está hablando de cómo le va siempre mal en el amor y que no hay de otra que echar tequilas”. Si me lo llevo mañana a Guanajuato, Jalisco, se va a sentar y les va a cantar y, en dos segundos, ya van a estar ahí tomando con los viejos. Fue una película que se hizo como una aventura. Yo estudié el fenómeno, pero el viajar a un territorio que no conocía, en idiomas que no hablo y toda la complejidad que hubo de hablar de un país que ya no existía, se volvió una aventura. 

Espero que esta aventura conecte con el público, ¿no? Primero, que les haga sentir y, después, si les lleva a cuestionarse qué significa ser mexicano, pues mejor aún. 

FICM: Creo que los mexicanos estamos presentes en muchas partes del mundo, ¿qué coincidencias con la cultura mexicana, además de la música, encontraste? 

Francisco Ohem: Encontré muchísimas coincidencias. Esta película no se hubiera podido hacer si no hubiera una enorme afinidad. Cuando hubo la guerra con la que terminó Yugoslavia, coincidió que las telenovelas se volvieron un fenómeno masivo en los años 90. Hay un refrán medio de chiste, que dice que, durante el día, cada uno estaba en su trinchera porque todos estaban en guerra: Bosnia, Serbia, Croacia. En la tarde, cuando se acababa la guerra, se iban todos a su casa, veían la misma telenovela mexicana y lloraban. Igualito que pasó con la película del Indio Fernández.

 Cuando llegamos, descubrimos que había mucha gente que hablaba español por las telenovelas. Si no hubiera sido por RBD, por la telenovela Rebelde, este documental tal vez no se hubiera podido hacer, porque, gracias al club de fans de Rebelde, pudimos tener traducción en muchas ocasiones, porque ellos fueron voluntarios para apoyarnos. 

Esta es una película súper independiente, que se hizo en guerrilla. Muchas veces solo éramos el fotógrafo y yo viajando y haciendo múltiples labores: desde ser choferes, productores, yo hice el sonido en muchas partes. Esa fue una parte. La segunda es que hay una afinidad porque tanto los países de los Balcanes como México tienen una historia muy compleja. Nuestra región, como la región de ellos, fue colonizada por imperios.

Con nosotros llegaron los españoles y se generó todo un mestizaje que es inescapable de lo que es ser mexicano. Allá fueron conquistados por los turcos, los otomanos y otros fueron germanizados por los austrohúngaros. Como lo que ocurrió con nosotros, tuvimos un pequeño momento con Maximiliano, los croatas y ellos tuvieron más. 

De alguna manera, ellos tienen una historia que tiene similitudes con la de México. Lo digo porque, en el carácter de la gente, como en el carácter de los mexicanos, es un carácter de mucho aguante. Pero también, que frente a las dificultades y los momentos difíciles, siempre sabe reírse y siempre encuentra una manera de festejar la vida. No importa lo que esté pasando, la gente siempre va a encontrar una razón por la que vamos a festejar. Cuando te conocen, la gente allá te invita a su casa, igual que en México. Te reciben con un trago y te dicen: “tú ya eres como de mi familia; lo que necesites”. 

Para ellos la cultura mexicana creo que los ha confortado porque la música Yu-Mex llegó con el trauma de la Segunda Guerra Mundial, que fue como una guerra civil. En la película el Indio Fernández encontró una manera de dejar salir un trauma y, en la música mexicana, era una manera de expresar ciertos sentimientos que ellos no podían expresar en ese momento, en sus propias músicas folclóricas por cuestiones políticas. 

En los años 90, en una situación de nuevo de guerra, encontraron un escape en las telenovelas. Siento que, para ellos, México de alguna manera ha sido como un compañero, un lugar de escape romántico y fantástico. La verdad, como mexicanos y creo que para todos los mexicanos —que hacen y crean distintas cosas y que trabajan en la cultura— espero que les haga sentir que no son labores en vano. 

La cultura tiene un valor y tiene una función: que lo que tú haces en un lugar, a veces en otro lugar, lo van a encontrar y les va a ayudar a sentir y a poder llevar momentos difíciles. 

FICM: Regresando un poco al narrador de la voz en off, siento que muchos cineastas y muchos realizadores huyen de este recurso porque lo consideran algo común. En este caso, Vojislav le da justamente este tono fabulesco a la historia y la hace aún más entrañable. ¿Por qué decidiste contar la historia así? ¿Cómo llegaste a este tono y cómo se integró Vojislav a la película? 

Francisco Ohem: Como te digo, era una película que para mí era muy complicada porque, para mí, es una película de Yugoslavia y una película mexicana. Es una película que va para dos públicos y dos públicos con contextos muy distintos. 

La verdad es que Yugoslavia se acabó hace 30 años, mucha gente ya no va a saber que es Yugoslavia. La historia de los Balcanes es sumamente complicada. Entonces, hay un dilema: ¿qué tanto vas a hacer un documental explicativo en el que pones un mapa y pones material de archivo y explicas ?¿Qué tanto es un viaje? ¿Es una emoción?, ¿Es un sentimiento?, ¿O es observacional? 

Por otro lado, si en la película me pongo a contar todo sobre Yugoslavia, la gente de los Balcanes podría pensar: “otra vez está hablando de todo lo obvio”. 

Para mí, como cineasta, esto es muy importante. Y quiero recuperar una idea para hablar de Yugoslavia. Yugoslavia era muy famosa porque fue un miembro fundador del Movimiento de Países No Alineados. México formó parte de este movimiento en cierta manera. De hecho, en Reforma, el día de hoy hay una estatua de Josip Broz Tito, en la Ciudad de México, que algún día la pueden ver o ahí se la van a encontrar. 

Tito fundó este movimiento para que los países que en la Guerra Fría no querían estar con los de Estados Unidos, Occidente y los capitalistas, pero tampoco querían estar con la Unión Soviética y el Bloque del Este, tuvieran una tercera vía. Fue una idea muy inteligente crear este movimiento porque le daba mucha flexibilidad. 

Digo esto porque, como cineasta, quisiera invitar o por lo menos yo me considero, o quisiera ser un cineasta no alineado. Siento que el cine está en un momento muy difícil para encontrar al público. A veces siento que hay una guerra fría entre las plataformas y el cine más comercial, de fórmulas, con gente que lee este libro llamado Save the Cat y quiere que las películas se hagan A más B, C. 

Por otro lado, los cineastas que trabajan para un público que es un festival europeo exquisito. Y eso está bien, creo que ese cine es muy bueno, que está avanzando y está en la frontera, pero que a veces es muy difícil que llegue al público porque puede ser un poco difícil para el público entrar a esas películas. 

En cambio, creo que puedes hacer películas que puedan ser accesibles al público sin que pierdan sus méritos y profundidad al hablar de temas que se salgan de los temas comunes. Puedes tratarlos de formas creativas y divertidas, con humor, pero también con profundidad de pensamiento y que te dejen cuestionando. Entonces, al final del día, a lo que va mi larga respuesta, es que busca hacer una película que pudiera ser generosa con el público. No que te dijera “si tú no sabes qué es Yugoslavia, pues no me importa”. 

A veces siento que hay cineastas que pueden ser un poco así. Tampoco se trataba de hacer una película didáctica que sacara el mapa. Al final del día con que entiendas que había un lugar que ya no existe, que sería Yugoslavia, como en un cuento. Es suficiente. Si después te nace investigar quién era Tito o investigar sobre el modelo económico yugoslavo– que es muy interesante– eso ya lo puede hacer cada quien. 

FICM: Justamente hablando de este cineasta no alineado que quieres ser, este es tu primer largometraje. Vi que estuvo en DocsMX y en Ventana Sur. ¿Esas plataformas cómo aportaron a esa visión y a este resultado final? 

Francisco Ohem: En el camino de hacer esta película fue largo: fueron diez años. Fue muy difícil. Por un lado, fue un poco frustrante porque siempre busqué hacer una coproducción con los países de allá, pero era muy complejo el tema político. Lo leían como una película que hablaba bien de Yugoslavia. En todos estos países están con gobiernos bastante nacionalistas, entonces como que nunca se pudo hacer. Si no hubiera sido gracias a estos espacios en los festivales, como en el Festival de Sarajevo y Mestizo Lab, así como el gran apoyo de DocsMx y del Festival de Guadalajara, estos espacios nos permitieron presentar la película primero en la fase de preproducción y empezar alianzas. Aunque al final no se logró una coproducción, sí se pudo conectar con gente que luego fue clave allá para ayudarnos. 

También quiero agradecer a Inti y a DocsMx. La película estuvo el año pasado en el working progress, y yo creo que fue el gran último apretón que logró que esta película existiera. En estos espacios recibimos muy buenas réplicas de gente de la industria con comentarios muy precisos que creo que nos ayudaron a atornillar. Y recibimos premios de los grandes amigos de Chemistry y de los Estudios Churubusco, que fueron necesarios para poder completar la película para hacer la postproducción. 

Estos espacios son muy valiosos. La labor de DocsMx para el cine documental en México es enorme. Literalmente sin espacios como este probablemente no existirían o no llegarían al público. Son espacios que te cobijan y que dan premios que ayudan a que las películas se terminen. 

Con el Festival de Morelia estamos eternamente agradecidos por darnos un espacio para estrenar y empezar el encuentro con el público. Invitamos a todo el mundo. ¡Ojalá vayan!