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Rubén Gámez: LA FÓRMULA SECRETA y TEQUILA

Un hombre recibe una transfusión de Coca Cola en sus venas. La sombra de un águila planea a toda velocidad sobre la plancha del Zócalo capitalino gracias a un increíble travelling circular que capta la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional, el Edificio de Gobierno y los portales que unen las calles de Madero y 16 de Septiembre con fondo musical de Antonio Vivaldi. Un grupo de sacerdotes montan unos caballitos de carrusel y después son arrojados al suelo desde un andamio por niños indígenas vestidos de acólitos. Un charro a caballo termina persiguiendo a un burócrata por las calles del Centro Histórico y después lo laza como a una res frente a la óptica Panamericana en la calle de Madero. En un rastro, un joven despelleja una vaca y después la carga en sus espaldas y esta se convierte en su propia madre. En un valle estéril se aprecia una hilera de campesinos tendidos como cadáveres vivientes que interrogan a la cámara con su mirada dolorosa. Una salchicha kilométrica que parece cruzar toda la ciudad. Un estibador de costales que fantasea recostado en un camión de redilas mientras cruza el periférico a la altura de Las Flores.

Decenas de caballitos de tequila se apilan en una barra de cantina: suficientes para enfrascarse en una borrachera de imágenes delirantes y sensibles de un nacionalismo exacerbado y crítico, para hablar de temas como la represión, la marginación o la transculturización, a partir de inquietantes metáforas visuales reunidas en un par de docuficciones: La fórmula secreta (1964), de tan sólo 45 minutos, y el largometraje Tequila (1991), dirigidos en un lapso de 27 años de diferencia por un cineasta atípico e insólito: Rubén Gámez (Cananea, Sonora, 1928-Estado de México, 2002).

La fórmula secreta (1964, dir. Rubén Gámez)

Después de varios e inútiles intentos por ingresar al medio cinematográfico, debido sobre todo a los cuellos de botella sindicales, Rubén Gámez optó por la fotografía comercial y la producción y realización de anuncios publicitarios, sin embargo, aprovechó la oportunidad que representó aquel mítico 1er Concurso de Cine Experimental convocado en 1964 y su película, La fórmula secreta obtuvo los premios a Mejor Película, Dirección, Edición —a cargo del propio Gámez— y Adaptación Musical.

Gámez fue autor de una obra inclasificable y de permanente vocación experimental como lo muestran sus cortos y su único largometraje; todos ellos, escritos, fotografiados y editados por él mismo. En Magueyes (1962) proponía nueve minutos de desquiciantes imágenes sobre la planta del agave, en los que Gámez rastreaba en lo atípico de un universo rural, como sucede en La fórmula secreta, donde muestra los rostros agrietados y morenos —como el paisaje mismo— de campesinos atrapados entre las piedras de un terreno donde nada crece; sin raíces, abandonado, al igual que esos hombres oprimidos, al tiempo que se escucha la voz del poeta Jaime Sabines leyendo un texto de Juan Rulfo.

Los propios susurros de esos campesinos empobrecidos en busca de una justicia que jamás llegará se aprecia en Los murmullos (1974), filmada en Juchitepec, Estado de México, donde varios de sus habitantes emigran al espejismo citadino, en un corto donde la muerte es un tema omnipotente. El ex Distrito Federal y sus asentamientos urbanos implacables, desoladores, sobrepoblados y contaminados; ciudad de consumo y desperdicio donde los abismos económicos se expanden, son el tópico de otro corto de Gámez: Valle de México (1976).

Tequila (1991, dir. Rubén Gámez)

Por su parte, Tequila cinta que enardeció a la crítica y que contrarió al propio Gámez, quien se quejó del monólogo final escrito por Fernando del Paso impuesto por los productores, obtuvo el Primer Lugar en la categoría de Tema Libre en el IV Concurso de Fecimex. Mediante una excepcional y ecléctica banda sonora y una cámara siempre móvil con un ritmo narrativo que rompía todo convencionalismo o regla gramática fílmica, Tequila resultó otra intrigante exploración por los senderos de las injusticias sociales de una patria humillada.

Una cámara que se eleva de a poco o que planea de manera insólita por la ciudad de México al anochecer. Manuel Clouthier, Cuauhtémoc Cárdenas, Carlos Salinas de Gortari, Superbarrio, mítines perredistas, acarreos del PRI y en medio de la muchedumbre, una suerte de demonio de pastorela. Tres campesinos que reflexionan en voz en off en pleno Zócalo con fondo de Palacio Nacional: “Aquí nada se va a levantar”. Ancianas desdentadas, costureras y mujeres desarrapadas que acompañan a María Rojo en una secuencia auto paródica en la que baila al ritmo de danzón. Tequila y La fórmula secreta resultan un par de obras insólitas y de culto a cargo de un cineasta como Rubén Gámez cuya fuerza arrolladora de sus imágenes aún resultan impensables en nuestra industria.